
El artículo plantea una comparación brutal y genial al mismo tiempo entre dos diagnósticos del mal contemporáneo que, aunque parten de lugares opuestos, coinciden sorprendentemente en el síntoma: la decadencia moral del hombre moderno.
Por un lado, el padre Antonio Gómez Mir en su ensayo «Nosotros» propone una enmienda radical a un cristianismo rebajado, del que muchos forman parte. Por otro, dialoga con el diagnóstico de Friedrich Nietzsche, especialmente con «Así habló Zaratustra«, donde el filósofo denuncia la figura del «último hombre»: un ser satisfecho, cómodo, enemigo del riesgo y de la grandeza, que confunde el bien con el bienestar y ha “inventado la felicidad” como anestesia existencial.
El artículo subraya con acierto que Nietzsche acierta en su crítica a la moral domesticada y al nihilismo pasivo y describe con precisión el páramo moral actual. Y aquí está el punto de contacto con Gómez Mir: ambos denuncian al hombre blando, incapaz de mandarse a sí mismo, adicto a la comodidad y enemigo del sacrificio.
El símbolo del león —clave en Zaratustra y retomado por Gómez Mir— condensa esta coincidencia: hace falta fuerza interior, ruptura con la inercia, combate contra la tibieza. Pero ahí termina el acuerdo.
El artículo sostiene que el error de Zaratustra aparece cuando Nietzsche convierte la fuerza en fin último. Tras destruir los falsos ídolos, pretende construir el sentido desde la pura voluntad creadora del individuo (el niño que “dice sí”). Esa autosuficiencia desemboca, paradójicamente, en un nihilismo más profundo: ya no solo se vacían los ídolos, sino también el suelo que sostiene la vida.
Gómez Mir, en cambio, propone otra salida: la fortaleza no para inventar el bien, sino para obedecerlo; la virilidad no como dominio estético, sino como virtud encarnada; la misión no autoasignada, sino recibida. Donde Nietzsche aparta a Cristo, Gómez Mir lo coloca en el centro como medida objetiva del bien y antídoto contra la disolución moral.